miércoles, 30 de abril de 2014

POEMAS DE MATILDE ALBA SWANN


Matilde Alba Swann, cuyo verdadero nombre era  Matilde Kirilovsky de Kreimer, nació el 24 de febrero de 1912 en Berisso y falleció el 13 de septiembre de 2000 en La Plata, Argentina. Poeta, periodista y una de las primeras mujeres abogadas argentinas en 1933. 
Publicamos aquí una selección de poemas suyos.


Pobreza a los diez años

Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.
de un zapatito roto, opaco, desclavado.
El patio de la escuela... Apenas tercer grado...
Qué largo fue el recreo, el más largo el año.
Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.
Hubiera preferido tener rotas las piernas
y entero mi calzado. Y allí contra una puerta 
recostada, mirando, me invadía el cansancio 
de ver cómo corrían los otros por el patio.

Zapatos con cordones, zapatos con tirillas, 
todos zapatos sanos. Me sentía en pecado 
vencida y diminuta, mi corazón sangrando...
Si supieran los hombres cuánto a los diez años 
puede sufrir un niño por no tener zapatos...
Que anticipo de angustia. Todavía perdura 
doliéndome el pasado. El patio de la escuela
y aquel recreo largo...

Mi piecesito trémulo, miedoso, acurrucado.
Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.
Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.
La pobreza no tiene perdón a los diez años.



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Grillo y cuna


De un bosque donde crecen 
nomás
cunas, mi madre 
cortó un columpio dulce, 
maduro para el tiempo primero 
de mi infancia. 

Juntó flores de luna dormidas 
en el agua, mi madre 
y me las trajo, 
con un azul silencio 
robado de algún sueño de río 
a ser mi canto.

El viento entonces iba 
silbando 
como un hombre 
que vuelve del trabajo, 
mi padre, como un ala de viento 
sacudía
las ramas a su paso,
y a veces su latido temprano, 
más temprano 
que el bronce aún, despertaba
tañendo 
campanarios.

El sol 
como un abuelo de incendio 
nos decía 
su cuento cada día , de luz,
en la ventana,
y el techo, y las paredes, y el huerto
y la paloma y el patio, 
y la mañana,cabrían en el puño dorado 
de un durazno.

Mi padre
sembró grillos
de suerte en los rincones,
más pobres de la casa.

De noche nos cantaban 
perdón 
por todo el hambre del día 
y prometían
espigas y racimos 
que acaso maduraron después, 
cuando fue tarde.

Así crecí, los seres
de lluvia me llevaron consigo 
a todas partes
Fui lagrima en el llanto del sauce,
fui diamante
quebrado en las raíces frustradas 
de algun barco.

De tarde descifraba señales en el cielo
mi madre, 
por las noches,
mi padre me alcanzaba la voz 
de mis abuelos, en una 
remembranza ternura 
con los ojos 
callados, 
y las manos dormidas 
junto al fuego; 
así crecí.


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Apuntes para un reproche


Te esperé hasta recién;
estás de fiesta.
Mi casi otoño
no me deja ambular
tu primavera.
Esperé tu regreso;
yo quería
escucharte contar, luz de alborozo
las campanas de amor
que resonaron
en tu trémulo espacio.
Te esperé hasta recién;
tú ni recuerdas
esta lámpara
lenta
que te aguarda.
Tu padre lee, él no sabe
de estas cosas
profundas
de mujeres. Tus hermanos,
florecidas cabezas
en la almohada
que parecen jugar
a estar durmiendo…


Tardas mucho; te esperé
hasta recién,
ya no te espero.
He de mirar tu lecho,
puro nardo,
el libro
que dejaste abierto,
tus todavía muñecos, las paredes,
y devuelta
de este inmóvil vagar
por un paisaje
de presencias sin nadie,
pensaré,
con la misma tristeza inevitable
de otras noches iguales,
que tal vez
no sé,
no fuera absurdo
que me hubieras llevado.

Tu padre lee; él no sabe, ni sufre.

Las mujeres
nos sentimos tan viejas
si quedamos.


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Sueño que llueve

Sueño que llueve y que me estás queriendo. 
Cielo en congoja, mi corazón deshace, 
y deshaces con él; lluvia tú mismo 
me transcurres lento;
yo me dejo llevar por los canales 
inundados de hojas
y de pasos
y un crujido me llora desde el hueso. 
El mundo en selva
de colores 
viene
a espejarme en nosotros, y a impregnarnos 
de misterio, de aroma y de raíces.
A la vera de esta 
irrealidad, palpita, un niño tibio 
que indeciso arrima 
con su barco de papel y quiere 
navegar nuestra sangre. 
Sueño que llueve; acaso estés soñando 
a mi ritmo, y amándome, 
y en tanto, 
esta lluvia silente, tal vez sueñe 
ser mujer, y sufrir. 
Avido el suelo que la bebe sueña, quizás, 
ser hombre y consumirla; ruedo 
como una gota entre tus brazos, vuelco 
sollozando tu nombre.
Tu deslizas, compactado llanto, por mi cielo 
y rompes; un deshacer unidos, 
ya no somos, y despierto.
Sin nosotros, y sin sí mismo, el sueño 
se ha quedado soñando
ser la muerte.


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Mañana es siempre


Cómo quisiera despertar cantando.
Pero amanezco, en cambio,
dolorida
de no haberme quedado en ese espacio,
en ese tiempo de morir prestada.
Una isla no inscripta en ningún mapa,
una célula enferma de ignorancia,
un asfixiado mundo en miniatura,
una avanzada humanidad triunfante,
en clarines y hogueras
homicidas.
Tabla sola, sin náufrago siquiera,
y luchando,
relincho hacia la costa,
y animada nomás por el recuerdo
de un aliento mordido a sus astillas.
Cómo quisiera despertar cantando,
y me muero de sed y hambre
de canto
mientras desborda la preñada aurora
en promisorio bermellón de vinos,
y expandida,
hoguera en panes, horneándose a lo alto.
Yo estoy abajo,
debajo de la historia,
sepultada en antorchas apagadas
y estandartes marchitos.
Sumergida en humores subterráneos
y en cenizas de huesos
de bandido,
Soy el ser que no fue, lo que no pudo,
la olvidada, desdeñada semilla,
pero existo.
Dentro
tengo un sauce inclinado que me llora.
Un niño triste me llama, sin nombrarme.
Me doy cuenta,
me doy cuenta, yo existo.
Mañana espero despertar, cantando.


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Yo no tengo la culpa

Yo no tengo la culpa
de amar tenaz la sombra de las cosas que fueron,
y sentir la impaciencia del misterio que ronda,
y vibrar la certeza de la luz que fulgura.
Yo no tengo la culpa de quedarme conmigo
en la hora del brindis, del laurel, de la espiga,
en refugio de infancia, en retorno de escuela,
en regreso a la tierna canción adormecida.
Yo no tengo la culpa de sumarme a la noche,
de soltarme en los techos en congoja de lluvia,
de morir de vergüenza con aquél que se humilla,
de quemarme en la fiebre mortal de los enfermos,
de dolerme en las hojas pisoteadas de otoño,
de gemir en las ramas de bramar con el viento.
Yo no tengo la culpa de ser una partícula
del cuerpo de la pena,
del coraje, del sueño, del amor por la eterna
tristeza de los hombres.
Solo tengo la culpa
de reunir en mis versos el dolor que rezuman
esas cosas amargas que remuerden y acusan,
de eso tengo la culpa…!